Memoria sobre la Biblioteca de Portadas

Libro recogido en Avinoleum.

Detalles
Icono de Memoria sobre la Biblioteca de Portadas

Categoría: Objeto de misión

Rareza: 3

Descripción de fondo

«El Centinela nos enseña a iluminar el mundo, pero también es importante no olvidar a quienes tenemos más cerca.»

Método de adquisición
  • Obtener al completar la misión Crónicas de antaño y hoy: Avinoleum
Memoria sobre la Biblioteca de Portadas

Memoria sobre la Biblioteca de Portadas I
(Esto parece ser una memoria personal escrita por la ya retirada acólita Julia. La mayoría de las páginas se han perdido).

Aquel día, vi una figura familiar junto a las estanterías de la Biblioteca de Portadas. Le toqué el hombro, como solía hacer cuando era más joven. Andrea se dio la vuelta, me reconoció y me saludó suavemente: «Maestra». Se veía exactamente como lo recordaba la última vez que nos encontramos. En un abrir y cerrar de ojos, habían pasado tantos años... Había venido hasta aquí solo para verme, así que encontramos un lugar tranquilo donde no molestaríamos a nadie y nos pusimos al día.

Andrea habló de su tiempo como acólito itinerante, enviado al extranjero, a diferentes tierras. Tras abandonar Raguna, había llevado las bendiciones divinas del Centinela a muchos sitios: Riccioli, Septimont, Lilyland... Lugares llenos de fe o carentes de ella, ricos y pobres; a todos acudió. Ese viaje debió haber sido agotador y, sin embargo, profundamente extraordinario. Las nuevas arrugas y cicatrices en su rostro me dijeron que ya no era aquel joven obstinado, impulsado sólo por la pasión. Su fe e ideales lo habían forjado en un caballero curtido.

Pero entonces, comenzó a confesarse. No sobre el deber, sino sobre su hija. Era la confesión de un padre, con cargos de conciencia hacia una niña a la que había fallado. Ese tipo de arrepentimiento no debería haber pertenecido a un acólito, por lo que no le ofrecí la absolución de la Centinela en Su nombre. El mismo fervor seguía brillando en sus ojos, y supe que continuaría viajando. Seguía siendo un acólito devoto. Seguía siendo un padre ausente.

Así que le conté que estaba escribiendo estas memorias. Quiero registrar las cosas que experimenté aquí, en el Avinoleum, y en esta misma biblioteca. La mayoría son triviales, pero todas y cada una de ellas son un reflejo vívido de la época que me contempla. Estos rincones olvidados de la historia merecen ser recordados. El Centinela nos enseña a llevar la luz del mundo para los demás, y también es importante no olvidar iluminar el camino para aquellos más cercanos a nosotros.

Memoria sobre la Biblioteca de Portadas II
...

En aquel día de cierre ordinario de la biblioteca, llevaba una pila de libros antiguos por la plataforma exterior cuando me vi atraída, casi involuntariamente, a una multitud de espectadores. Se producía un duelo a espada del que nadie podía apartar la mirada. Cuando la Espada de la Virtud tocó la coraza de Cadanto, el combate entre la Sacra Doncella y su Eco llegó a su fin.

Cadanto se arrodilló con gracia, reconociendo la derrota. La multitud, que había estado conteniendo la respiración, estalló en un aplauso atronador. Justo entonces, un acólito pasó a mi lado, guiando a una niña de cabello verde. Vestía como una plebeya y abrazaba un gran ramo de correhuelas explosivas. El ramo era casi más alto que ella.

Un regalo para la Sacra Doncella, supuse. Desde que comenzó sus estudios en el Avinoleum, los seguidores habían estado realizando largos viajes solo por la oportunidad de ver a la joven bendecida por el Centinela. Pero la niña solo hizo un pequeño gesto a la Sacra Doncella y caminó directamente hacia Cadanto.

Para sorpresa de todos, la niña le ofreció el ramo a Cadanto. Tras algunas explicaciones del acólito, supimos que él había salvado a su familia recientemente de las garras de unas Disonancias Tácitas cerca los límites del Avinoleum. El alto caballero Eco permaneció medio arrodillado y en silencio. No parecía entender por qué una humana le ofrecería flores, ¿o quizás creía que no las merecía?

«Así que hiciste eso mientras yo estaba ausente»... La Sacra Doncella esbozó una sonrisa radiante. «Cadanto, toma las flores. Te las has ganado».

El caballero siguió en silencio, pero bajó su enorme espada y extendió ambas manos para aceptar el ramo. La pequeña inmediatamente se inclinó hacia adelante y lo abrazó, apretándose contra el frío metal de su armadura. Como siempre, el caballero no dijo nada, pero recibió silenciosamente su gratitud y su alegría, de lágrimas rebosante.

Cadanto... como muchos han dicho, es el leal sirviente y escudo de la Sacra Doncella, pero también es la espada que protege al pueblo.

Memoria sobre la Biblioteca de Portadas III
...

La jubilación se acercaba cada día más, y el tiempo fluía tranquilamente dentro de la biblioteca. Pensé que ya no habría más ondulaciones.

«Disculpe... me gustaría leer este libro. ¿Debo registrar la solicitud aquí?»

Acompañando la tímida voz ante mí había una biografía, cuya portada llevaba el retrato de la Sacra Doncella. Levanté la vista desde el escritorio y vi a una pequeña niña con rizos violeta pálido, que tenía un lunar, pequeño y delicado, justo debajo de uno de sus ojos. Su piel parecía translúcida de tan pálida que era, como alguien que no había recibido la luz del sol durante largo tiempo.

«Aquí puedes leer lo que desees. Solo recuerda devolver los libros cuando termines», dije con toda la suavidad que pude, preocupada de que la solemne atmósfera de la biblioteca pudiera ahuyentarla.

Claramente no era una estudiante del Avinoleum, pero comenzó a aparecer regularmente en la biblioteca en los días siguientes. Deambulaba entre las estanterías circulares, siempre absorta en silencio en cualquier libro que eligiera. A veces me pedía que la ayudara a encontrar textos específicos. Algunos eran densos libros teológicos, mientras que otros eran gruesos volúmenes sobre el océano o la farmacología, no exactamente los intereses habituales para alguien de su edad. Y así nos conocimos mejor. Supe que sus parientes la habían traído al Avinoleum. Los adultos tenían sus propios asuntos que discutir y la dejaron deambular libremente en esta biblioteca, comparativamente segura.

Su partida fue tan repentina como su llegada. Aquella tarde, como respondiendo a alguna llamada invisible, cerró el libro en sus manos y lo deslizó de vuelta a la estantería. Lo recuerdo con claridad. Era un estudio sobre las tradiciones de la Sacra Doncella en Raguna. Bajo la luz oblicua del atardecer, una sombra se extendía larga por el suelo. Debía ser su guardián.

«Gracias por cuidarme estos últimos días». Se paró frente a mí, haciendo lo posible por sonreír. «Cantarella... Soy Cantarella Fisalia».

«Ese apellido explicaba muchas cosas. Su tardía presentación. La tristeza oculta en sus palabras. El destello de amargura que pasó por su rostro mientras miraba hacia la puerta. Me levanté y tomé su mano. Al menos, no quería que se sintiera sola en el camino de regreso al umbral».