Puerto del Páramo Helado

Páramo Helado Roya

Imagen de Puerto del Páramo Helado
Hacia el Polo — Extracto I

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Era medianoche cuando el buque oceánico cruzó por fin la zona de vigilancia de Tormentas de Vacío y se aproximó al Páramo Helado de los royas.

A través de la portilla, tras el velo de la bruma marina, se alzaba un acantilado de hielo que se extendía sin fin en ambas direcciones. Clavé la mirada en la imponente «muralla blanca» que se cernía sobre nosotros y noté cómo se me aceleraba el pulso. Hasta entonces, el Páramo Helado no era más que un titular de prensa, y la Unión Polar transnacional era algo prácticamente inalcanzable. Pero ahí estaban. Estaba a punto de verlas con mis propios ojos. El aviso de atraque se fundió con el fuerte crujido de los cabrestantes y la tensión de las amarras, anunciando nuestra llegada al Puerto Deshelado Roya.

Tras superar varias rondas de inspecciones rigurosas, me uní al equipo de investigación y abandoné el puerto. Subimos a un elevador de carga que nos llevaría al corazón del Páramo Helado. La cabina era tan amplia como para transportar suministros y abastecer una pequeña base científica durante seis meses. Sin embargo, tan solo dos minutos después de iniciar el ascenso, perdí todo sentido de la percepción. Dentro de aquel colosal elevador que trepaba por la pared helada del acantilado parecía una hormiga intentando escalar una montaña.

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Gracias a la ayuda del equipo de investigación, el viaje a la Estación de Investigación Polar transcurrió sin incidentes. Tras el registro, la capitana me acompañó al almacén, donde me entregaron el equipo necesario para sobrevivir en el Páramo Helado. Después me mostraron mi alojamiento: la habitación donde pasaría los días y las noches durante mi estancia.

Allí dejé mi equipaje y comencé a explorar las instalaciones de la estación. Gracias al aviso previo de la Asociación de Pioneros, o eso creo, pude moverme por casi toda la estación sin impedimento, a excepción de unas cuantas áreas restringidas. Por lo que pude apreciar, la Fase uno de la Unión Polar —es decir, el Puerto del Páramo Helado— ya había sido construida. Según los investigadores, los royas —los habitantes locales— se encargaban de guiar el Exoenjambre y habían desempeñado un papel crucial en las obras.

Sin embargo, cuando pregunté por los planes de la Fase dos, nadie me dio una respuesta clara. Gran parte del personal estaba absorto en sus propias tareas de investigación y construcción. Aunque ninguno lo dijo abiertamente, sus gestos hablaban por sí solos: no tenían tiempo para un simple «visitante» de la Asociación de Pioneros.

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Según mis observaciones, la estación ha recibido un total de noventa y dos camiones en los últimos tres días. De todos los suministros que transportaban, solo una mínima parte se distribuyó por otras zonas del Páramo Helado. La mayoría se envió al subsuelo a través del sistema de tren ligero. Esto me llevó a la conclusión de que la Fase dos del proyecto no se centra en la superficie del Páramo Helado, sino en la región subterránea de Lahai-Roi, a la que solo se puede acceder mediante el Ascenso Estelar.

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Al sexto día, me desperté como de costumbre en la Estación de Investigación Polar. Tras desayunar en el comedor, busqué de nuevo al jefe de la expedición para presentarle, por tercera vez, mi solicitud para visitar Lahai-Roi. Como era de esperar, volvieron a denegármela. No pude ocultar mi decepción, pues entendía que fueran cautelosos. Todo en este lugar, incluidos hallazgos e implicaciones, es tan asombroso que desafía cualquier lógica o conocimiento previo. Incluso con el apoyo de la Asociación de Pioneros, tenían motivos de sobra para actuar con sumo cuidado.
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Hacia el Polo — Extracto II

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Justo un día antes de mi partida, la capitana vino a buscarme. Me dijo que quería enseñarme un lugar en particular. Y así, enfundado en un traje de protección por primera y última vez, subí al «Rompehielos», un buque de expedición, junto al resto del equipo.

Tras más de diez minutos de sacudidas entre bloques de hielo, contuve las náuseas y bajé a trompicones por la pasarela.

Jamás olvidaré aquel día.

En medio de aquel conjunto de estructuras blancas, azules y violetas, había gente con ropa de lo más extraña. Cerca de allí, un enorme mecha blanco con forma de oso yacía medio dormido. Al ver mi cara de asombro, la capitana me explicó: «Las obras de la Unión Polar son de alto secreto, así que no puedo llevarte a Lahai-Roi. Pero puedes conocer a los royas. Son los nativos de esta zona; la mayoría vive en el subsuelo, aunque algunos se han asentado en el Páramo Helado».

Recuerdo cada detalle de aquel día. Pasamos allí toda la tarde, aunque se me hizo bastante corta.

Desconocía el idioma de los royas. Así que la capitana, que hablaba su lengua con fluidez, tuvo que hacerme de intérprete. Aun así, la amabilidad de los royas era más que evidente. Me contaron que eran pastores y que debían guiar al Exoenjambre. Periódicamente, conducían al Exoenjambre hasta el Páramo Helado. Allí se reunirían con otras unidades mayores, como los Glamuts y las Glamutas. Juntos, emprenderían el camino hacia el Exotitán. Al final, todo el Exoenjambre volvió al Exotitán colosal, que se dice que dormía al límite del Páramo Helado, el lugar donde nació el Exoenjambre.

En una de sus moradas, compartieron su comida conmigo: verduras asadas en forma de cúmulos compactos y un plato de pescado curado con un aroma único. Antes de partir, nos hicimos una foto. La imprimí al momento y repartí varias copias. A cambio, ellos me obsequiaron una concha extraña. Tenía la superficie marcada con una infinidad de agujeritos colocados en una espiral precisa. Según el capitán, era una herramienta que usaban para contar.

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Cuando los acantilados de hielo al fin se hundieron tras el horizonte, cerré la portilla. Las olas chocaban con el casco con ritmo firme: clang, clang... Como una campana tenue. Escuché con atención mientras me invadía la somnolencia.

En mi sueño, volví a ver a los royas. Luchando contra el viento y la nieve más allá de la ventana, me cantaron una canción de despedida:

Sigo adelante, sigo adelante.
En silencio, en esta bella noche,
Sigo adelante.

No muy lejos, justo debajo de mis pies.
Al cruzar la puerta abierta,
Hacia el anochecer, hacia una tierra lejana.
Dejo el mundo atrás,
junto con las preocupaciones.
No más miedo, no más dudas.

Mis padres esperan esperanzados,
mis amigos vuelven a reunirse.
Son caras conocidas.
Son caras conocidas.